• 03 de February de 2026
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Tenía más dinero que países enteros

Tenía más dinero que países enteros, pero cada noche se dormía pensando en cómo deshacerse de cada centavo antes de morir.

Escocia, 1835: Andrew Carnegie nace en pobreza absoluta. Su familia cruza el océano para sobrevivir. A los 13 años trabaja 12 horas en una fábrica textil por centavos.

Pero tiene hambre de conocimiento. Aprende telegrafía, invierte cada dólar y entra al negocio del acero en el momento exacto. Cuatro décadas después, es uno de los hombres más ricos del planeta.

Y entonces escribe algo que horroriza a los millonarios: “El hombre que muere rico, muere deshonrado”.

Carnegie cree que acumular fortuna es un fracaso moral. La riqueza solo tiene sentido si salva vidas y abre mentes. No quiere dar limosnas, quiere dar herramientas.

Publica su manifiesto: los ricos tienen la obligación de devolver todo a la sociedad antes de morir. Y él lo demuestra. Construye 2,509 bibliotecas públicas en todo el mundo, donde cualquier persona accede al mismo conocimiento que los ricos.

Funda universidades, teatros, instituciones científicas. Dona el 90% de su fortuna: 350 millones de dólares en vida, miles de millones en valor actual.

Muere casi sin nada, pero deja algo más valioso que el oro: un legado que educa a millones un siglo después.

Porque puedes morir con billones en el banco o puedes morir habiendo cambiado el mundo.